Jueves, 18 Febrero 2010...1:28 pm
Por una ciudad digna (ahora Fort Pienc)
OPINIÓN
Fort Pienc es un barrio con nombre extraño si se desconoce su historia y muchos barceloneses jamás han puesto el pie en él. Ocupa el área en la que se levantó el Fuerte Pivotes cuando Felipe V estableció la estructura de vigilancia de la ciudad. Era una fortificación próxima a la Ciudadela; ambas construcciones fueron derribadas en 1869. En el área de Fort Pienc se construyó una estación de ferrocarril en 1861 (para la línea Barcelona-Lérida). En la actualidad rodean dicho barrio -como trincheras que conforman un triángulo- la Avenida Diagonal, la Avenida Meridiana y el Paseo de Sant Joan y, por si tan afeado entramado urbano no fuera suficiente, lo cruza como un hachazo la Gran Vía. ¿Quién da más? El barrio, un tiempo con gran acvitividad comercial de transportistas y hoy de efervescentes comerciantes y residentes chinos, es céntrico si uno mira el plano de la ciudad de Barcelona, pero tiene la desgracia de tener colindante la plaza más desgraciada de la ciudad. Una plaza cuyo épico nombre parece todo un sarcasmo porque la realidad pura y dura es que… aquello es todo un mundo. Es La Plaza de Las Glorias que espera como alma en pena desde hace 30 años que un gobierno municipal la reforme y pueda algún día ser una plaza como las demás, pierda ese aspecto cairota de hormigón que daña la vista (y que ya ha perdido el Guinardó gracias a la demolición del viaducto, pero, por desgracia esa agresión visual la ha mantenido la Plaza Lesseps por la contribución de la escultura contemporánea) y que no deshonre al arquitecto Cerdà. Reforma duradera aunque sea cuadrada.
Quien dé un paseo por el barrio cerca de la desdichada plaza y levante la vista encontrará que los balcones están adornados con pancartas. Pancartas blancas con el lema de “Volem un barri digne” (“Queremos un barrio digno”), un lema que nos suena familiar de otros barrios de nuestra ciudad, como Ciutat Vella, por citar sólo el que más espacio ocupó en los medios de comunicación recientemente. Los vecinos están hasta los h… (hereus) de la inseguridad, la suciedad y el incivismo que, en particular desde los últimos diez años, provoca la venta ambulante ilegal amparada por el mercado de viejo de Los Encantes Vells o Fira de Bellcaire (que según sus entusiastas se remonta al siglo XV pero no aportan ni un solo documento). Tal mercado recibe semanalmente 100.000 visitantes y ocupa 15.000 m2 (que se dice pronto; en 2006 los vendedores rechazaron un traslado a la Monumental y posteriormente a Vall d’Hebron alegando falta de espacio). Pero más allá de ese espacio del mercado, se extienden los trapicheos con mercancía de procedencia no siempre legal o directamente de los contenedores de basura, huidas cuando se aproxima la Guardia Urbana, individuos que hacen sus necesidades en cualquier portería, aumento de los pequeños hurtos… Hasta que los ciudadanos estallan y cortan la Gran Vía. El deterioro es idéntico al otro lado del mercado: calles Consejo de Ciento, Dos de Mayo, Castillejos,…
Nada nuevo, decíamos, como lo son las pancartas que pueblan otros barrios de Barcelona con el mismo eslogan. Vecinos del Poble Sec lanzan un SOS de desesperación colgando carteles en balcones para reclamar soluciones para semejantes problemas desde hace meses. Algunas plazas y calles se han convertido en territorio inhóspito y peligroso para los vecinos. La presencia de indigentes, drogas, botellón y bandas extrañas crean desasosiego. Los vecinos alertan sobre la masificación de la inmigración inadaptada a las normas que rigen en nuestra ciudad y los problemas de incivismo forman parte de la vida cotidiana de los barrios. La laxitud en el cumplimiento de las normas es bien conocida por los dispuestos a incumplirlas. La baja ratio de policías por habitante es bien conocida. Antes, como pioneros, en el Raval y a iniciativa de comerciantes y vecinos de la calles Hospital y Robadors, también se colgaron pancartas hartos de la paulatina degradación de su entorno. Siempre lo mismo y con la misma respuesta. Bien es cierto que la Administración Local no tiene todas las soluciones a su alcance, pero las que tiene no las utiliza ni con decisión ni con eficacia. En el problema que hoy nos ocupa hablamos de venta ilegal y de degradación del entorno, problemas sobre los que el Ayuntamiento tiene competencias plenas.
“Volem un barri digne” se ha convertido en el verdadero lema de los barceloneses y se lo han ofrecido gratis al alcalde para que lo publicite y pueda hacer campaña. Es el lema de la Barcelona del presente que representará a la Barcelona del futuro si el alcalde Hereu no se decide a poner remedio y el PSC y sus socios no clarifican qué modelo de ciudad quieren para Barcelona. Cuatro alcaldes del mismo partido en el gobierno municipal y los ciudadanos seguimos sin saberlo. Quizás su objetivo sea generalizar la degradación de los barrios y el exprimir tributariamente a los ciudadanos . Con el eslogan “Volem un barri digne” nos hubiéramos ahorrado el coste de otras campañas como el “Visca Barcelona” que fue superior al millón de euros en su primera oleada de tres semanas (han seguido otras), y que sólo se justifica con la intención de hacerse publicidad a costa del dinero público.
Nunca ha habido tanta miseria en la Barcelona del ¿bienestar? Más hablan nuestros munícipes de integración, cohesión y atención social, más deteriorados se encuentran algunos barrios de Barcelona y se incrementa la solicitud de asistencia social por parte de ciudadanos y familias sin ingresos suficientes para un techo o alimentos. Gobernar sólo con las palabras y buenas intenciones obviamente no soluciona los problemas. Y no sale barato si los recursos se destinan tan alegremente al autobombo. Es más, las prioridades tanto a corto como a medio plazo de las políticas sociales del Ayuntamiento difieren de la realidad que se percibe por las plazas, calle, estaciones de metro, etc. Más pronto que tarde tendremos que salir hastiados con pancartas con el lema “Volem una Barcelona digna”/”Queremos una Barcelona digna”. Mientras tanto, el Alcalde de Barcelona y un nutrido séquito pasando cinco días en Vancouver.
Nico Ortiz y Antonio López


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